Ariana
Desperté con la sensación de estar justo donde debía. No era algo que me pasara seguido. Siempre había tenido esa inquietud bajo la piel, ese zumbido sordo que te recuerda que la felicidad tiene fecha de caducidad. Pero esta vez… no. Esta vez sentía la paz como una sábana tibia sobre mi cuerpo desnudo, arropada no solo por las sábanas de lino francés, sino por el peso —cómodo y cálido— del brazo de Killian enredado en mi cintura.
Sus dedos dormidos se movieron apenas, como si incluso dor