CAPÍTULO 68 — La loba en el asfalto
— Estamos cerca —susurró Kerana, apretando el paso. Sus ojos ámbar estaban fijos en una puerta doble al final del pasillo, marcada con un sello carmesí— Irupe está ahí. Su dolor... es un latido sordo que me retumba en los oídos.
Tao, que caminaba con una mano apoyada en la sien debido al esfuerzo mental de haber neutralizado a los guardias de los niveles superiores, asintió. Aña mantenía su arco tensado, sus ojos azules moviéndose rítmicamente.
— Demasiado si