CAPÍTULO 69 – El laboratorio de los horrores
El aire en el núcleo de la Corporación Ardeón no era aire; era una amalgama espesa de nitrógeno líquido, desinfectante de grado quirúrgico y el inconfundible olor metálico de la muerte sistematizada.
Dentro, suspendida en un fluido bioluminiscente, estaba Irupe.
— ¡Por los ancestros! —exclamó Aña, bajando su arco por un segundo ante el horror de la escena.
Irupe parecía una muñeca de porcelana rota. Su piel, usualmente cálida, estaba pálida como la