Mundo ficciónIniciar sesión
Yo me llamo Eveline Harrington Prescott y eso, por sí solo, ya viene cargado de expectativas, de cámaras invisibles, de rumores que nunca preguntan si son verdad.
Nací dentro de una familia multimillonaria y jodidamente famosa, donde el apellido pesa más que cualquier emoción y donde aprender a posar es tan importante como aprender a respirar. Desde muy temprano entendí que no se espera que sienta, sino que funcione. Que encaje. Que luzca bien. Que no incomode. Soy un cubo de hielo. No porque haya nacido así, sino porque fue la única forma de sobrevivir sin romperme en pedazos frente al mundo. Mi madre, Catherine Prescott, es el ejemplo perfecto de belleza vacía. Modelo eterna, figura impecable, sonrisa entrenada frente a los flashes. Vive de las apariencias porque las apariencias nunca le exigieron profundidad. Todo en ella es pulcro, distante, calculado. Me enseñó a mantener la espalda recta, la mirada firme, el rostro inexpresivo. No con palabras, sino con su forma de existir. Catherine no abraza; posa. No escucha; asiente. No ama; representa. Ser su hija significa aprender que el valor está en lo que proyectas, no en lo que sientes. Mi padre, Richard Harrington, es un empresario admirado, respetado, intocable. Un hombre al que el mundo le cree todo porque sabe exactamente qué mostrar y qué ocultar. En público, es impecable. En privado, es otra cosa. Siempre lo fue. Con él aprendí que el silencio puede ser una orden y que el poder no necesita gritar para aplastar. En esta familia, nadie cuestiona a Richard. Nadie mira demasiado de cerca. Nadie quiere saber. Y luego está él. Mi hermano adoptivo. El error más hermoso y más peligroso de este sistema perfectamente podrido. El empresario más famoso de Canadá. Uno de los hombres más bellos del mundo, según revistas que nunca se cansan de repetir su nombre. Inteligente, frío, brillante. Admirado. Temido. Intocable. Él es la prueba viviente de que incluso desde la m****a se puede construir un imperio. Y también es el recordatorio constante de que no todo lo que brilla viene de un lugar limpio. Crecimos bajo el mismo techo durante un tiempo, pero nunca en el mismo mundo. Él aprendió a endurecerse para no ser destruido. Yo aprendí a desaparecer sin irme. Mi físico siempre fue parte del espectáculo. Mi cabello es largo, cae hasta mis caderas como una cascada dorada, rizado de forma natural, imposible de domar del todo. Rubio cálido, brillante incluso cuando no hago nada para que lo sea. Mis ojos son azules, claros, atentos, demasiado despiertos para alguien que aparenta no sentir. Mi piel es blanca, salpicada de pecas que contrastan con un tono rosado suave, casi delicado, como si el cuerpo insistiera en verse inocente aunque yo ya no lo sea. Todo en mí parece cuidadosamente diseñado para encajar en una portada, en una campaña, en una fantasía ajena. Tengo un cuerpo que el mundo llama perfecto sin preguntarme si quiero serlo. Curvas marcadas, proporcionadas, inevitables. Piernas blancas y gruesas que sostienen más peso emocional del que deberían. Caderas amplias, trasero redondo y voluminoso, una silueta que atrae miradas incluso cuando no las busca. Aprendí pronto a moverme con control, a no dar demasiado, a no ofrecer nada que no esté calculado. Porque aquí, incluso el cuerpo es un mensaje. Y el mío siempre habló más fuerte de lo que yo quería. Pero todo eso es superficie. Por dentro soy contención pura. Frialdad aprendida. Silencio funcional. No reacciono rápido, no exploto, no lloro frente a nadie. Observo. Analizo. Resisto. Me hice hielo porque el hielo no sangra, no se quiebra con facilidad y no deja rastros. Porque sentir, en esta familia, siempre fue peligroso. Porque mostrar debilidad era ofrecer una grieta. La gente cree conocerme porque ha visto fotos, desfiles, titulares. No saben nada. No saben cómo se siente crecer en una casa donde todo es lujo y nada es seguro. No saben lo que cuesta mantener la compostura cuando lo único que quieres es salir corriendo sin mirar atrás. No saben que el silencio no es elegancia, es defensa.






