TERCER CAPÍTULO

Lidia detuvo su auto frente a la enorme mansión de Adler, aúnque no podía ver nada por el enorme muro que rodeaba toda la propiedad. Bajé del auto junto a mi amiga, ella me ayudó a sacar mi maleta del maletero, luego posó su mirada en la mía y sonrió, me apretó en un abrazo y no dudé en corresponder.

—Te amo Evie, te amo cómo mi hermana- Suspiré y me aferré más fuerte a ella escondiendo mi rostro en la curva de su cuello.

—Y yo a ti Lidia- Ella acarició mis mejillas y secó algunas lágrimas qué habían querido caer— No quiero qué me dejes aquí...

—Estarás bien, pronto nos veremos seguido, te llamaré, y vendré a verte, estaré pendiente de ti- Trató de convencerme.— Vamos Evie, entra.

Solté un suspiro.

—Está bien.

—Pasaré por ti mañana a las nueve, iremos a mi bar favorito, te escribiré más noche.

El auto de Lidia desapareció al final de la calle como si nunca hubiera estado ahí, como si mi única conexión con la cordura acabara de doblar la esquina sin intención de regresar pronto, y yo me quedé parada frente a ese muro absurdo, exagerado, casi ofensivo, que rodeaba la mansión de Adler como si adentro guardaran secretos de estado, o un dragón, o el último trozo de humanidad existente en el planeta.

En serio, ¿qué tan paranoico hay que ser para construir algo así? El muro no era alto, era ridículamente alto, negro como si lo hubieran pintado con la tinta más deprimente del mercado, y tan impecable que parecía recién pulido. Ni una enredadera, ni una grieta, ni un alma. Solo oscuridad elegante y cara. Suspire mientras acomodaba mi maleta, preguntándome en qué momento de mi vida tomé decisiones que me trajeron hasta aquí. Ah, sí. Hace exactamente diez minutos, cuando acepté entrar.

La puerta principal no era una puerta, era una declaración de poder. Negra también, por supuesto, porque aparentemente en esta propiedad el color blanco es ilegal. Cuando se abrió —sin que yo tocara nada, lo cual definitivamente no ayudó a mi estabilidad mental— sentí que estaba entrando en la boca de un monstruo arquitectónicamente perfecto. El jardín interior era tan amplio que podría haber corrido una maratón antes de llegar a la entrada real de la casa. Césped perfectamente cortado, luces empotradas en el suelo iluminando caminos de piedra oscura, cámaras en cada ángulo imaginable y probablemente en algunos que ni siquiera existen en la física conocida. Si parpadeaba demasiado fuerte, seguro me multaban.

Arrastré mi maleta con dignidad fingida, porque si iba a ser devorada por la riqueza intimidante de Adler, al menos lo haría con estilo. La mansión se alzaba frente a mí como si quisiera recordarme constantemente que soy pobre en comparación. Ventanales enormes, marcos negros, líneas rectas, arquitectura moderna que gritaba “no sonrío nunca”. Todo era oscuro, elegante, intimidante. Si esta casa fuera una persona, definitivamente no devolvería los mensajes en menos de tres días.

Empujé la puerta principal —que pesaba lo mismo que mis traumas acumulados— y entré. El eco de mis pasos resonó en el vestíbulo como si estuviera en una catedral minimalista dedicada al culto del dinero. Mármol negro con vetas grises, techos altísimos, una lámpara colgante gigantesca que parecía una obra de arte contemporáneo que nadie entiende pero todos aplauden porque es cara. Me quedé quieta unos segundos, escuchando el silencio. No era un silencio normal, era ese silencio tenso que hace que sientas que alguien te está observando, aunque probablemente solo sea tu imaginación… o las quince cámaras de seguridad escondidas en las esquinas.

Avancé un poco más, intentando no parecer la chica impresionable que claramente soy. Mi reflejo en el suelo pulido me devolvió la imagen de alguien que estaba fingiendo tener la vida bajo control. “Estás bien, Evie”, me dije mentalmente, porque hablar en voz alta podría activar algún sistema de defensa y terminaría electrocutada por pisar mal. El lugar olía a algo caro, limpio, distante. No era hogar. Era escenario. Era territorio de alguien que no hace nada a medias, alguien que controla, que observa, que decide. Y yo estaba aquí, con mi maleta y mi sarcasmo como único mecanismo de defensa.

Caminé por el pasillo principal y cada paso me hacía sentir más pequeña, como si las paredes se inclinaran apenas lo suficiente para recordarme que yo no pertenezco a este mundo de sombras brillantes y perfección excesiva. Me pregunté si Adler elegiría el negro hasta para sus pensamientos. Probablemente sí. Tal vez sueña en escala de grises. Tal vez sonríe solo cuando nadie lo ve. Tal vez ni siquiera sonríe. Perfecto. Vine a vivir con un murciélago millonario.

Suspiré otra vez, porque al parecer hoy mi actividad principal es suspirar dramáticamente. Extrañé a Lidia en ese instante con una intensidad absurda. Con ella todo era ruido, risas, torpeza. Aquí todo era control, orden, silencio. Pero si algo he aprendido es que las cosas que más intimidan suelen esconder algo interesante detrás. Y si voy a estar aquí, encerrada entre muros que parecen diseñados para sobrevivir a un apocalipsis, al menos voy a observar, a aprender, a adaptarme. No pienso convertirme en una sombra más de esta casa.

Apreté el mango de mi maleta y avancé más adentro, elevando la barbilla como si el mármol pudiera juzgarme. Puede que la mansión sea enorme, oscura y esté protegida con una seguridad que ni Dios mismo atraviesa sin identificación previa, pero yo no soy tan fácil de intimidar. Bueno, tal vez un poco. Pero nadie necesita saberlo. Y si Adler cree que este lugar va a impresionarme hasta dejarme muda, claramente no me conoce. Yo puedo perderme en su laberinto negro, sí, pero lo haré comentándolo todo mentalmente con un nivel de sarcasmo que debería considerarse patrimonio cultural.

Muy bien, mansión tenebrosa. Ya estoy dentro. Ahora veremos quién sobrevive a quién, me quedé viendo una pintura por más tiempo de lo normal, era nostálgicamente tétrica.

—Has llegado- Una voz ronca me hizo girarme sobre mis talones, allí estaba él:

Adler.

Mi respiración se detuvo apenas lo miré, aúnque segundos, lo suficiente para sentir cómo el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza casi dolorosa. No era el mismo chico que recordaba, ni siquiera una versión cercana de él. No. El hombre que tenía frente a mí parecía sacado de algún sueño prohibido, de esos que una parte de ti teme tener y la otra se muere por repetir.

Era alto, ridículamente alto. Rozaba el metro noventa y ocho, pero no era solo su altura lo que imponía, sino la forma en que su cuerpo se movía con una calma peligrosa, como si cada paso suyo tuviera un propósito silencioso. Su complexión era perfecta: ancha, firme, sin exceso, sin nada de más. Sus hombros parecían esculpidos con una precisión divina, y la camisa negra que llevaba se estiraba suavemente sobre su pecho, marcando cada línea, cada curva que insinuaba fuerza y control.

Su rostro... dios.

Tenía ese tipo de belleza que te deja sin palabras, no porque sea amable o dulce, sino porque simplemente no parece real. Pómulos definidos, mandíbula tallada con una precisión imposible, labios perfectamente delineados con un tono natural que parecía una invitación constante al pecado. Su cabello, oscuro y desordenado, caía sobre su frente con ese descuido estudiado que solo los hombres imposiblemente atractivos pueden llevar sin esfuerzo. Y sus ojos… sus ojos eran lo peor de todo.

Eran de un color entre gris y verde, difíciles de definir, como si estuvieran hechos para confundirte. Cuando su mirada me atrapó, sentí algo dentro de mí temblar. Era una mirada que no solo observaba, sino que desnudaba, que recordaba cosas que tal vez él nunca dijo pero que alguna vez pensé que sabía.

Había algo en él que se sentía… distinto. Más oscuro. Más contenido.

La manera en que sus labios se curvaron apenas, como si estuviera midiendo mi reacción, me desarmó por completo. Y lo odié un poco por eso. Odié la forma en que mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente, el modo en que mi respiración se alteró sin permiso, y la tensión que se formó entre nosotros como una cuerda a punto de romperse.

No era el mismo muchacho que recordaba. Adler había crecido, y no solo en apariencia. Había algo en su porte, en su forma de mirar, que gritaba control, peligro y deseo en partes iguales.

Y mientras lo observaba, parada allí sin poder. apartar la vista, comprendí algo con una claridad abrumadora: no importaba cuánto tiempo hubiera pasado, cuántas cosas hubieran cambiado, ni cuánto lo negara…

Nada ni nadie podría hacerme olvidar lo que se sentía tenerlo cerca.

Era irreal.

Un hombre hecho de belleza, peligro y recuerdos que aún dolían.

Y lo peor… era que él lo sabía.

—Si no hubiera llegado aún, no estaría frente a ti- Dije agradeciendo haber sonado fría.

Quería que viera qué ya no era la niña qué el recordaba, qué no era la chica rota qué luchaba por esconder en lo más profundo de mí, qué era aparentemente fuerte y qué no iba a dejar que me lastimara.

—Nana te ayudará a ubicarte, tu habitación es la última del pasillo- Sin decir nada pasó por mi lado y salió de la casa, desapareciendo de mi vista.

Qué gran bienvenida, jodido bastardo de m****a.

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