SEGUNDO CAPÍTULO

El aire de frío me recibió al salir del aeropuerto, miré a todos lados, el cielo estaba entoldado por nubes grises, estaba en Toronto, Canadá, no podía creerlo. Pero me sentía tan aliviada de estar lejos de Richard por ahora, aunque tampoco era del todo cómodo llegar a un lugar nuevo.

Extrañaría Washington, a pesar de no tener muchos buenos recuerdos de mi infancia, era la ciudad en dónde crecí, pertenecía a allí, pero las circunstancias me obligaron a dejar mi país y mi ciudad. Ya mi mente y cuerpo necesitaban un descanso de toda esa presión.

Estaba harta de todo, al principio solo fué presión, debía ser perfecta, buenas notas, excelente en todo, y cuándo sacaba una nota qué no entraba en la excelencia, llegaba el castigo.

Mamá decía qué lo dejaba en manos de papá, al principio solo me golpeaba, luego comenzó a marcar mi espalda con las quemaduras qué dejaban los cigarros, y ya luego lo demás. Recordar no es bueno, pero no podía olvidar, las horribles sensaciones.

Mamá era la famosa Catherine Prescott, una famosa modelo, dueña de uno de los Fashion House más grandes y prestigiosos, mamá era fría, nunca me dio amor, ni abrazos, no fué cariñosa, fué fría, grosera y exigente. Quería que su hija fuera perfecta y tras la muerte de mi hermana mayor, se hizo más obsesiva en este ámbito. Los dos se encargaron de explotar a una niña.

—¡Evie!- Una voz reconocida me sacó de mis pensamientos.

La vi.

Lidia, mi prima y mejor amiga, Lidia era hija de Adele, la hermana de mi madre, eran solo dos hijas, y tan raramente que mis abuelos maternos eran tan diferentes a sus hijas, ellas quisieron seguir esas estrictas reglas del linaje Prescott, pero mis abuelos eran re cariñosos conmigo.

Lidia corrió hacia mí estrechándome en sus brazos.

Lidia era la única que sabía mi oscuro secreto, pero nunca había dicho nada porqué la habia obligado a callar, me había insistido en hablar, pero nunca quise hacerlo.

—Mi rubia- Me apretó más contra ella.

—Lidia, no puedo respirar- Dije, pero no hice nada para alejarme.

Amaba a esta loca más qué a mi propia vida, haciendo gastar a sus padres por irme a visitar, iba hasta tres fines por mes a estarse dos días conmigo, nunca me dejó solo, y nunca estuvimos mas de un mes separadas.

—Te extrañé tanto- Dijo con su voz cantorina y llena de emoción.

—Pero si nos vimos hace dos semanas- Le recordé mientras caminaba con ella hacia él parqueo.

—Para mí es una eternidad- No pude evitar sonreír ante sus tonterías.

Subimos a su deportivo, estar con ella me alegraba tanto, qué no podía explicar cuánto me ayudaba su mera presencia, siempre fué mi luz en la oscuridad, ayudándome, dándome apoyo y haciéndome sonreír en los peores momentos de mi vida.

—Adler nunca cambia, sigue siendo un maldito ingrato- Dijo ella luego de unos minutos de silencio.— No puedo creer qué no haya venido a recogerte.

Bueno, no mentía, le había pedido el favor a Lidia, ya qué él no había podido venir, porqué claro, el señor empresario prefería ir a trabajar qué recoger a su hermana adoptiva.

—Tendrá sus razones, el es adoptado, no tenemos sangre en común, no somos nada, y además mis padres lo adoptaron a los seis años, él recuerdo perfectamente su familia biológica- Lidia me lanzó una mirada.

—Qué no lleven sangre no es tu culpa, no debería desquitarse contigo el odio qué le tiene a tus padres.

Me quedé en silencio.

Mi relación con Adler nunca fué buena, cuándo yo tenía doce años el se fué de casa, mi hermana mayor Andrea murió, y el decidió irse, dejando Estados Unidos y viviendo a Canadá dónde fundó su ahora imperio. Siempre creí que lo qué más afectaba era la diferencia de edad, el me llevaba siete años, tenía 29 y yo apenas iba cruzando los 22.

De niña creí qué éramos hermanos, no hasta qué papá soltó la bomba de qué era adoptado, lo habían adoptado cuándo tenía seis años, justamente un año después nací yo.

Cuándo yo estaba más pequeña y el era un adolescente era muy dulce conmigo, siempre se la pasaba jugando conmigo, pero luego...

Cuándo el se fué sentí odio al principio, me dejó sola, sola en ese infierno qué tuve qué vivir luego de su partida. Luego iba una vez al año con suerte y se daba la bella casualidad qué iba solo a saludar y yo no estaba en casa, cuando llamada hablábamos muy poco, y solo por llamada de voz.

—Mi Evie, no pongas esa cara, no te atormentes por ese tonto- Pidió Lidia con su voz dulce.

—No es solo por el, es por todo- Solté un suspiro.— Al menos estoy lejos de mis padres por ahora.

—Pues mira ese lado positivo, todo irá mejor, me encargaré de eso— Entrelacé mis dedos con los de ella.

—Gracias por estar conmigo Lidia.

Ella sonrió.

—Por nada beba, sabes qué no debes agradecerme por eso.

Asentí, centré mi mirada en la ventana, los enormes edificios pronto captaron mi atención, había escuchado lo bonito que era Toronto, pero estar aquí era mejor qué todas esas imágenes qué veía en internet. Era un lugar frío, Canadá era conocido por su clima frío y húmedo.

Solo esperaba que todo fuera mejor, ya no quería nada igual, solo quería paz, tratar y poder sanar, aúnque no fuera fácil.

—Pronto terminan las vacaciones, verás que la práctica será mejor qué todos estos años de Teoría- Bueno, en eso sí tenía razón.

—He estado esperando esto desde el primer año, ya quería qué llegaran las prácticas, no puedo creer lo rápido que pasa el tiempo.

—Demasiado rápido.

Si no fuera por la orden de mi padre, hubiera preferido vivir con Lidia, bueno, aúnque aguantar a Tía Adele no hubiera sido fácil tampoco, esperaba qué Adler respetara mi espacio y no me hiciera los días un infierno, solo eso esperaba, paz y tranquilidad.

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