Mundo ficciónIniciar sesiónSeguí mi rumbo por la casa, cuándo coloqué un pie en el primer escalón de la escalera que llevaba a lo que era la segunda parte de la casa algo me detuvo, una voz.
—Cuánto haz crecido mi Evie- Me giré rápidamente sin poderlo creer. La ví, era Nana, ella me creció desde qué era una recién nacida, me cuidó hasta los doce y me dió amor maternal, el que mi madre nunca me dió. Ella se vino siguiendo a Adler, pero siempre me llamaba, aunque no era la mismo que tenerla en frente nuevamente. —Nana- Susurré bajito. Mis ojos se llenaron de lágrimas y corrí hacia ella y la abracé. Había extrañado a está mujer bajita, cabello castaño el cuál siempre manejaba corto. Mis brazos la rodearon con fuerza, como si temiera que al soltarla desapareciera. Nana olía igual que siempre, a jabón suave y a algo dulce que nunca supe identificar, pero que siempre me había dado paz. Sus manos pequeñas, tibias, se movieron por mi espalda con lentitud, como cuando era niña y tenía pesadillas. —Déjame mirarte —dijo separándose apenas, tomando mi rostro entre sus manos—. Mírate nada más… ya no eres esa niña que se escondía detrás de mis faldas. Solté una risa ahogada entre lágrimas. —Sigo siendo la misma —murmuré. —No, Evie —negó suavemente—. Eres más fuerte. Y también más triste. Tragué saliva. Ella siempre veía más de lo que yo decía. —Te extrañé —confesé, bajando la mirada. —Y yo a ti, mi niña. Todos los días. —Me acarició el cabello, apartándolo de mi frente—. Pero sabía que este momento iba a llegar. Fruncí el ceño. —¿Cuál momento? —El día en que decidirías venir por tu cuenta. Sin que nadie te obligara. Sin que nadie te arrastrara. —Sonrió con esa serenidad que siempre la caracterizaba—. Sabía que un día elegirías estar aquí. Miré alrededor, como si recién recordara dónde estaba. Aquella casa no se parecía en nada a la de mis padres. La de mi infancia era amplia, sí, pero clásica, con techos altos y muebles antiguos. Esto… esto era otra cosa. Moderno. Imponente. Frío. —Nunca había estado aquí —susurré. —Lo sé —respondió con ternura—. Esta casa se terminó hace unos años. Adler la hizo levantar cuando decidió mudarse definitivamente. Yo vine después. Su mención me tensó apenas, pero ella no lo ignoró. Simplemente enlazó su brazo con el mío. —Ven —me dijo—. Te voy a enseñar la parte de arriba. Es tu casa también. Subimos juntas la escalera. Cada escalón era ancho, cubierto por una alfombra gruesa que amortiguaba el sonido de nuestros pasos. La baranda era de hierro forjado negro, con detalles elegantes que parecían dibujar enredaderas. Al llegar al segundo nivel, me detuve. Era enorme. Un espacio abierto se extendía frente a mí. A la izquierda, una biblioteca que ocupaba toda la pared, estantes de madera oscura que llegaban hasta el techo, repletos de libros perfectamente organizados. Una escalera corrediza permitía alcanzar los niveles superiores. En el centro, un par de sillones de cuero color vino y una mesa baja con una lámpara antigua daban la sensación de un rincón íntimo dentro de la inmensidad. —Adler casi no lee —comenté. Nana soltó una pequeña risa. —No. Pero le gusta que parezca que sí. Sonreí apenas. A la derecha había un mini bar… aunque llamarlo “mini” era un insulto. Era grande, elegante, con una barra de mármol blanco y estantes iluminados donde descansaban botellas de cristal de todos los tamaños y colores. Copas colgaban boca abajo, brillando bajo la luz tenue. —¿Tú atiendes esto? —pregunté, mirándola. —Solo cuando hay visitas —respondió—. Y tú no necesitas nada de ahí. —No tomo —aclaré. —Lo sé —me dijo con suavidad—. Siempre preferías chocolate caliente. Ese recuerdo me golpeó con fuerza. Las noches frías, sentadas en la cocina antigua, ella removiendo la leche mientras yo le contaba cosas sin sentido. Seguimos caminando. El pasillo parecía interminable. Puertas a ambos lados, cada una cerrada, silenciosa. El suelo era de madera pulida que reflejaba ligeramente la luz. —¿Todas son habitaciones? —pregunté. —La mayoría. Algunas son de invitados. Otras están vacías. —Me miró de reojo—. Nunca se sabe cuándo alguien puede necesitarlas. No supe si esa frase tenía más peso del que aparentaba. Caminamos hasta el final del corredor. Allí, una puerta doble, blanca con detalles en dorado, se alzaba imponente. Nana se detuvo frente a ella. —Esta es la tuya. Mi corazón dio un vuelco. —¿Mía? —Desde que se diseñó esta casa. La miré confundida. —Evie… —su voz se volvió más baja—. El dejó esté lugar porqué creyó qué talvez algún día querrías venir, y lo mejor era que tuvieras tu espacio. Sentí algo extraño en el pecho. No sabía si era gratitud, molestia o una mezcla amarga de ambas. Nana abrió las puertas. La habitación era tan grande como el departamento donde viví sola un tiempo. Una cama enorme con dosel ligero, telas blancas que caían con elegancia. Ventanales que ocupaban casi toda la pared del fondo, cubiertos por cortinas translúcidas que dejaban entrar una luz suave. A la derecha, un tocador amplio con espejo ovalado. A la izquierda, un sofá gris claro y una pequeña mesa con flores frescas. Más al fondo, una puerta que seguramente llevaba al baño, y otra que intuía sería el vestidor. Entré despacio, como si temiera romper algo con solo respirar. —No… no esperaba esto —murmuré. —No tienes que agradecer nada —dijo Nana, cerrando la puerta detrás de nosotras—. Esta casa puede ser nueva para ti, pero no eres una extraña aquí. Me acerqué a la ventana. Desde allí se veía el jardín trasero, perfectamente cuidado. —Todo es tan diferente —dije en voz baja—. Yo crecí en aquella otra casa. Contigo. Con tus regaños. Con tus historias. Ella se acercó por detrás. —Y eso nadie te lo quita. Ese fue tu hogar de niña. —Posó su mano en mi hombro—. Pero las personas crecen. Los lugares cambian. Lo importante es que el cariño no se mueve. Me giré hacia ella. —¿De verdad pensabas que vendría? —Sí. —¿Por qué? Me sostuvo la mirada con una calma inquebrantable. —Porque aunque intentaras huir, siempre has querido pertenecer. Y esta historia… —hizo un pequeño gesto con la mano, señalando la casa, el pasillo, todo—… es parte de ti. Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas, pero esta vez no eran solo de nostalgia. —Tengo miedo —admití. —Lo sé. —No sé cómo va a ser esto. —No necesitas saberlo hoy —respondió con firmeza suave—. Solo necesitas descansar. Se acercó a la cama y acomodó una esquina de la colcha, un gesto automático, casi maternal. —Tu maleta ya está aquí. Dejé algunas cosas en el vestidor. Si necesitas algo más, me lo dices. La observé en silencio. —Nana… —¿Sí, mi niña? —Gracias por seguir aquí. Sus ojos brillaron. —Siempre voy a estar donde tú estés. Aunque sea en otra casa, en otra ciudad… o al otro lado del mundo. Se acercó y besó mi frente. —Voy a estar en la cocina —añadió—. Te prepararé algo ligero. Debes estar agotada. Asentí. —Descansa un rato. Este lugar puede ser grande, pero no va a tragarte. —Sonrió con picardía—. Y si te pierdes, solo grita. Te escucharé. Solté una pequeña risa. Ella caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo. —Evie. —¿Sí? —Bienvenida a casa. Y se fue. El silencio llenó la habitación. Me quedé de pie en medio de aquel espacio inmenso que, supuestamente, era mío. Pasé los dedos por la tela de la cama, respiré profundo, tratando de asimilarlo. Nunca había estado allí. Nunca había dormido bajo ese techo. Pero por primera vez en mucho tiempo… no me sentía completamente sola. Abrí la puerta qué llevaba al vestidor, era grande, todas mis cosas estaban ordenadas, había ropa qué seguramente Nana había comprado, zapatos, maquillaje, una infinidad de cosas. Me coloqué ropa cómoda y me recosté en la cama, tomé mi teléfono y entré a mensajes, tenía mensajes de mi abuela Freya, ella me escribía o llamaba siempre, ella y el abuelo me mandaban dinero para poder usarlo en lo qué quisiera, siempre estaban pendientes de mí. También tenía un mensaje de Lidia. Mi huracán: "Espero todo vaya bien, si algo ocurre solo debes decirme estaré allí." Sonreí al leer eso, porqué sabía qué no mentía. "Todo va bien, no te preocupes." Ella no tardó en conectarse, estaba esperando mi mensaje cómo siempre. "Vale, recuerda mañana paso por ti, ponte sexy amiga" Solté una carcajadas, es qué era una bola de bromas y problemas, por eso la amaba tanto. "Claro, me pondré unas bragas bonitas" "Talvez consigues un acompañante 😉" Negué, eso no, hasta ahora no me había dado el tiempo de tener novio, no quería, y peor tener sexo, podría esperar para eso. "Con beber unos tragos basta, pero no le digas a Nana" Nana creía que no bebía, y en mi defensa no lo hacía, solo cuándo quería matar las penas. "Okey, descansa." Apagué el teléfono y lo dejé en la mesita de noche, cerré los ojos y me quedé dormida antes de qué me diera cuenta.






