Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl restaurante estaba iluminado con luces cálidas que hacían que todo pareciera más íntimo de lo que realmente era. La música suave de fondo se mezclaba con las conversaciones alrededor, el sonido de copas chocando y risas distantes creando una atmósfera elegante y relajada, estábamos disfrutando nuestros últimos días de vacaciones, era jueves y el domingo íbamos a la universidad, un medio repaso de una semana y de ahí a práctica en el hospital.
Lidia estaba frente a mí, recargada con esa seguridad natural que siempre tenía, girando lentamente el borde de su copa mientras bebía su margarita como si el mundo no pudiera tocarla. Yo sostenía la mía con ambas manos, observando el hielo moverse dentro del vaso sin realmente concentrarme en él. El sabor dulce y ácido al mismo tiempo me mantenía distraída, pero no lo suficiente como para no pensar en lo que estaba por venir. No era una adicta al alcohol, bueno eso le había dicho a Nana, y no, realmente no era una adicta, pero lo necesitaba de vez en cuándo, mi bebida favorita él vodka, las margaritas y el vino. Cuándo estaba estresada le daba la bienvenida a unas copitas, claramente sin caer a la calle como una borracha. Si Adler se enteraba que estaba aquí tomando bebidas con alcohol, su regalo de bienvenida sería un pase gratis al Inframundo. Ni imaginarlo, Lidia estaba muy concentrada leyendo unos mensajes en su teléfono mientras pedía su tercera copa. Ella siempre sabía cómo arrastrarme a estos momentos. No porque me obligara, sino porque tenía esa forma de convertir cualquier salida en una experiencia. Lidia era extrovertida, brillante, capaz de hablar con cualquiera sin esfuerzo. Yo, en cambio, era torpe en lo social, silenciosa, más cómoda observando que participando. A su lado siempre me sentía protegida, pero también expuesta. Ella brillaba; yo simplemente estaba allí. Tomé un pequeño sorbo y luego dejé el vaso sobre la mesa. —¿Vas a celebrar tu cumpleaños? —pregunté, intentando sonar casual, aunque la fecha estaba clavada en mi mente desde hacía días. Lidia levantó las cejas con una sonrisa lenta, como si la pregunta ya la hubiera estado esperando. —Claro que sí. ¿Pensaste que lo iba a ignorar?—Encogí los hombros. —No lo sé. Nunca sé cuáles son tus planes— Ella soltó una pequeña risa y se inclinó hacia adelante. —Haré una cena en mi casa el domingo al mediodía. Nada exagerado… bueno, tal vez un poco exagerado— Rodé los ojos con suavidad. —Eso no suena nada exagerado. Lidia apoyó el codo sobre la mesa, mirándome con ese brillo travieso. —Mi madre, Adele, decidió que no podía ser algo simple. El nombre de mi tía me hizo tensar apenas los hombros. Adele siempre había tenido esa necesidad de organizar todo, de convertir cada ocasión en un evento que reflejara “nivel social”, como ella decía. —¿Qué significa eso exactamente? —pregunté. Lidia sonrió. —Invitará gente de su círculo. Personas importantes. Empresarios, conocidos… ya sabes. Quiere que la fiesta sea elegante. Respiré profundo, no era que odiara ese tipo de ambientes. Era que me agotaban. Las conversaciones forzadas, las miradas evaluando, las sonrisas que no llegaban a los ojos. —Después de la cena —continuó ella— iremos a un bar caro un rato. Algo más relajado. Solo nosotros. La idea no sonaba terrible. De hecho, en otro momento, quizá habría sido emocionante. Pero no para mí. —Lidia… —murmuré, dejando el vaso sobre la mesa—. No creo que pueda ir— Ella inclinó la cabeza. —¿Por qué no?. Miré alrededor un segundo, como si las paredes pudieran darme una excusa. —Ya sabes cómo soy en esas cosas, no encajo. Me siento fuera de lugar— Lidia suspiró, pero no de molestia. Nunca lo hacía conmigo. —Evie, no eres fuera de lugar. Solo eres más selectiva— Solté una pequeña sonrisa. —Eso suena mejor que decir que soy mala socializando— Ella tomó mi mano sobre la mesa, apretándola con suavidad. —Eres mi persona favorita. No necesito que seas la más habladora del salón— Tragué saliva. Siempre tenía esa forma de hacerme sentir vista sin presionarme. —Pero el domingo no puedo —insistí con honestidad—. Tengo cosas que resolver. En realidad, no sabía si eran excusas o miedo. Quizá un poco de ambos, las reuniones grandes siempre me ponían incómoda, sentía que tenía que cumplir expectativas que no eran mías. Lidia entrecerró los ojos con fingida seriedad. —Eso suena sospechoso— La miré con desconfianza. Ella apoyó la espalda en la silla y cruzó los brazos, sus ojos me escaneaban con detenimiento, estaba planeando algo, algo qué le ayudara, la conocía perfectamente bien. —Voy a invitar a Adler— Me quedé en silencio un segundo, luego la miré con incredulidad. —No harías eso— Su sonrisa se volvió peligrosa, divertida. —¿Ah, no?— Sentí que el estómago se me apretaba. —No lo mezcles en esto— Lidia inclinó la cabeza. —Si no vienes, necesito una razón válida para que estés ahí. Y si digo que Adler va, sé que no podrás decir que no— La miré fijamente, luchando contra mi misma. —Eso es chantaje— Ella levantó las manos con inocencia exagerada. —Es estrategia— Negué lentamente con la cabeza. —No quiero que lo metas en algo que no tiene nada que ver con él— Lidia suavizó la expresión inmediatamente. —Evie, estoy bromeando— Su tono cambió, más cálido. —Nunca usaría a Adler para obligarte, lo sabes. La miré con atención, ella no jugaba conmigo en ese sentido. Sus bromas eran ligeras, nunca crueles. Siempre sabía hasta dónde llegar. —Pero quiero que vengas —añadió con sinceridad—. No como obligación. Quiero que estés conmigo ese día. Bajé la mirada hacia mi copa. —No soy buena en esas fiestas— Murmuré con debilidad. —No tienes que serlo. —Siempre termino sintiéndome incómoda— Lidia suspiró suavemente, acercándose un poco más sobre la mesa. —Escúchame, no necesitas hablar con nadie, no necesitas impresionar a nadie. Solo necesitas estar, yo me encargo del resto— La miré, ella rodeo la mesa y se colocó detrás de mí abrazándome con fuerza. —¿Por qué es tan importante para ti?— Ella sonrió con ternura. —Porque eres mi mano derecha— Parpadeé. —No exageres— Lidia siguió apretándome contra ella. —No exagero —dijo con firmeza suave en mi oído—. Cuando necesito estabilidad, eres tú. Cuando necesito que alguien me diga la verdad sin adornos, eres tú, cuando el mundo se vuelve superficial, tú eres la única que no finge. Sus palabras me dejaron sin respuesta inmediata. —Lidia... —No quiero que te sentirme sola en mi cumpleaños —continuó—. Quiero que estés ahí, aunque sea un rato. Respiré hondo, no era presión, era cariño. Eso siempre lo hacía más difícil. —Voy a intentarlo —dije finalmente—. Pero no prometo quedarme toda la noche. Su sonrisa regresó, brillante. —Eso es suficiente— Le di un pequeño empujón con el pie por debajo de la mesa. —Eres insoportable— Ella soltó una carcajada. —Y tú me amas— No respondí, pero la forma en que apreté su mano fue suficiente. Ella bebió otro sorbo de su margarita y levantó la copa ligeramente. —Por el domingo —dijo. Chocamos los vasos suavemente. Mientras el hielo se movía dentro del mío, pensé en lo que significaba realmente ir. No era solo una fiesta. Era enfrentar miradas, conversaciones, expectativas. Pero también era estar al lado de Lidia, mi hermana elegida, la única persona que podía hacerme sentir segura incluso en medio de un salón lleno de desconocidos. Y aunque no me gustara admitirlo, sabía que si ella me necesitaba allí, haría el esfuerzo. Porque eso es lo que hacemos las personas que se quieren de verdad. Nos apoyamos. Incluso cuando preferiríamos quedarnos en silencio. .... Salimos del restaurante con el aire más fresco pegando suavemente en la piel después del ambiente cerrado. Lidia caminaba adelante, revisando su teléfono mientras yo me acomodaba la chaqueta sobre los hombros. La tarde todavía tenía luz, pero el cielo seguía cubierto por nubes grises que hacían que todo se sintiera más tranquilo, más íntimo. Ella dijo que necesitaba “terapia de compras”, y antes de que pudiera responder ya estaba arrastrándome hacia la tienda que había visto desde el auto, una de esas boutiques modernas con vitrinas minimalistas y maniquíes vestidos con conjuntos estilo coreano, amplios, estructurados, con ese aire relajado que parecía decir que la moda también podía ser cómoda. El interior estaba iluminado con luces blancas suaves. Las perchas estaban organizadas por tonos neutros, negro, gris, beige, azul oscuro. Había chaquetas oversize, pantalones rectos de tiro alto, camisetas amplias, camisas estructuradas, accesorios discretos. Lidia entró como si el lugar fuera suyo, tocando telas, mirando espejos, moviéndose entre los racks con energía. Yo, en cambio, me quedé un segundo observando, acostumbrándome al ambiente. No era mi estilo habitual, pero siempre me había gustado cómo ese tipo de ropa no obligaba al cuerpo a encajar; simplemente caía sobre él con libertad. Lidia tomó una chaqueta negra amplia y la sostuvo frente a mí. —Esto es totalmente tu vibra —dijo, mirándome de arriba abajo. —No tengo “vibra” —respondí, aunque ya estaba sonriendo. —Claro que sí. Vibra silenciosa pero peligrosa. Rodé los ojos y tomé la prenda de sus manos. Era una chaqueta estilo tomboy, corte recto, ligeramente larga, con hombros marcados pero sin exagerar. Me dirigí al probador mientras ella buscaba más opciones. Desde el espejo del vestidor podía escucharla hablar sola, comentando lo que encontraba. Cuando salí, Lidia se giró inmediatamente. —Okay. Detente. —Se llevó una mano al pecho dramáticamente—. ¿Por qué te ves así de bien con algo tan simple? Me miré en el espejo grande frente a nosotras. La chaqueta caía suelta sobre mi torso, combinando con el pantalón oscuro que llevaba. El estilo amplio hacía que mi figura se viera más relajada, menos marcada, pero aun así elegante. —Es solo ropa —dije. —No, no es solo ropa. Es actitud —respondió ella, acercándose y ajustándome ligeramente la manga—. Esto te hace ver más segura. —¿Más segura que qué? —Que cuando intentas vestirte “formal”. Solté una pequeña risa. Ella tomó unos pantalones rectos negros y los levantó. —Prueba estos. —¿Otra vez? —pregunté. —Sí. Estamos aquí para jugar. Entré nuevamente al probador. El sonido de las perchas chocando afuera me hacía saber que ella seguía buscando. Me cambié y salí con los nuevos pantalones, que tenían un corte amplio pero estructurado, cayendo rectos desde la cintura alta. Lidia se cruzó de brazos cuando me vio. —Ahora sí. Eso es tomboy perfecto. —No sé si eso me queda. Ella caminó alrededor mío, evaluando. —Te queda porque no estás tratando de ser alguien más. Eso es lo que lo hace funcionar. Me miré otra vez. La combinación hacía que me sintiera distinta, más cómoda, menos observada. La ropa no apretaba, no marcaba, simplemente acompañaba el movimiento. —¿Te gusta? —pregunté. —Me encanta —respondió sin dudar—. De hecho, deberíamos comprar conjuntos parecidos. Tomó una camisa blanca oversize y la lanzó hacia mí. —Pruébala. Suspiré, pero obedecí. Cuando salí con la camisa puesta, las mangas ligeramente largas cubriendo parte de mis manos, Lidia casi aplaudió. —Mírate. Pareces protagonista de drama coreano. —Eso no es verdad. —Sí lo es. Me acerqué al espejo. La camisa amplia combinaba con el pantalón oscuro y la chaqueta. El resultado era limpio, moderno, con un aire relajado que no intentaba llamar la atención, pero inevitablemente lo hacía. —Es diferente —admití. —Exacto. Y eso es lo que me gusta. Ella se probó un conjunto similar, pero con detalles distintos, más atrevidos. Cuando salió del probador, giró sobre sí misma. —¿Qué opinas? La observé con atención. —Te ves increíble. —Lo sé —dijo, guiñándome un ojo. Reímos. Seguimos eligiendo prendas, comparando colores, opinando sobre cortes. Ella me decía si algo resaltaba demasiado, si algo me hacía ver más alta, si algo parecía demasiado rígido. Yo le decía si una prenda le quedaba demasiado grande o si otro tono le iluminaba el rostro. Entre risas, críticas honestas y pequeños empujones, la tarde avanzaba sin que me diera cuenta. En un momento, Lidia sostuvo un pantalón gris claro y lo puso frente a mí. —Esto con una camiseta negra debajo sería brutal. —¿No es demasiado? —No. Es perfecto. Tú necesitas dejar de dudar tanto. La miré con una ceja levantada. —No todos somos tan seguros como tú. Ella se acercó y me acomodó el cabello detrás de la oreja. —No tienes que ser como yo. Solo tienes que confiar un poco más en ti. No respondí, pero la miré en el espejo mientras decía eso. Era imposible no sentir gratitud. Lidia nunca me juzgaba. Solo me empujaba suavemente fuera de mi zona cómoda, siempre con humor. Al final, nos quedamos con varias prendas similares, creando pequeños conjuntos coordinados. Cuando salimos de la tienda con las bolsas en la mano, Lidia me golpeó ligeramente el hombro. —Mira qué bien nos vemos. Domingo vamos a romperla. —Solo es una cena —le recordé. —Nada es “solo” cuando estamos juntas. Sonreí, mirando las bolsas. Tal vez no era tan mala idea intentar algo nuevo. Tal vez no se trataba de encajar, sino de sentirme cómoda en mi propia piel, incluso dentro de un estilo diferente. Y mientras caminábamos hacia el auto, todavía hablando y riendo, entendí que con Lidia a mi lado, incluso las cosas que normalmente me incomodaban podían sentirse un poco más ligeras.






