PRIMER CAPÍTULO

Mis pasos resonaban por los pasillos de la casa de mi padre, la cuál estaba ubicada en Washington, Estados Unidos, una enorme mansión, qué no dejaba a dudas la riqueza de la familia Harrington Prescott, reconocida por su perfección, y su unidad familiar.

Me detuve en la puerta del despacho de mi padre; Richard Harrington, tomé una fuerte bocanada de aire, apreté el polmo unos segundos antes de girarlo. La puerta se abrió dejándome pasar, el estaba sentado en su escritorio, haciendo quién sabe que, todo era costoso, a Richard le gustaba presumir sus millones hasta en las cosas mas insignificantes.

Si le preguntaba de dónde salía el dinero, el respondía cómo mucha tranquilidad qué de sus empresas, aunque algo en mi me decía que no debía creerle. Pero no me importaba cómo para indagar, el elevó su mirada, sus ojos me recorrieron de pies a cabeza y yo simplemente fingí que no lo noté.

—Evie- Dijo con esa voz qué tanto odiaba. —¿A qué se debe tu presencia?- El se recostó en la silla.

Dí un paso más cerca, traté de evitar esos ojos lo más que pude, debía mantener la calma, el medio no debía apoderarse de mí, no ahora, no...

—Necesitamos hablar Richard- Mi voz dura, fría.

El alzó una de sus cejas, y pude notar una sonrisa burlona en sus labios, maldito Richard. Lo odiaba tanto, me había causado tanto daño, de pequeña se había encargado en romperme en mil pedazos.

Recuerdo todo con claridad, apenas tenía dice años, el todas las noches iba a mi habitación, cuándo mi madre dormía gracias a sus sedantes, o talvez simplemente se hacía la indiferente ante la situación. El me manchó, me rompió en mil pedazos, arruinó mi infancia, y frente a la gente se hacía llamar padre. Tenía cicatrices en mi espalda gracias a qué apagaba las colillas de sus cigarros en mi piel, o hacia leves cortadas.

En ese entonces solo fué maltrato, llegaba tomado y se desquitaba la ira conmigo. Pero cuándo cumplí diecinueve años dió paso a cosas peores, y es por eso qué ahora a mis veintidós años me muero por irme de aquí y alejarme de éste tipo.

—¿Vienes a revelarte?- Preguntó con burla.

Apreté las manos en puños, mi cuerpo me pedía a gritos salir de allí, pero no podía, estaba ahí por una razón.

—¿Por qué lo dudas?- Su risa resonó en toda la estancia.

El se levantó de la silla, me tensé al verlo levantarse y acercarse a mí.

"Detente, no te acerques" pedí en el fondo de mi mente.

—No te conviene ser rebelde Evie- El olor de su colonia inundó mis fosas nasales.

Lo tenía demasiado cerca, y eso me estaba causando unas tremendas náuseas, las ganas de vomitar se comenzaron a formar, mi mente y cuerpo en constante alerta.

—Lo sé, no debes recordármelo Richard- El asintió.

Con disimulo retrocedí un poco, estaba tratando de generar espacio entre los dos, temía qué si se acercaba más podría volver a tener uno de esos tantos ataques de pánico, qué le divertían y me hacían ver débil ante él.

—Habla Evie, no creo qué estés aquí solo por verme- La sorna en su voz era más qué evidente.

—Déjame ir a Canadá, quiero terminar mi año de práctica allá- Pedí tomando valor de quién sabe dónde.

Estaba ya en mi último año de medicina, solo esté año qué era ya práctica y podría graduarme de doctora al fin.

—Bien- Me sorprendió lo fácil que había aceptado.

—Hay condiciones ¿verdad?- Su sonrisa se ensanchó.

El se acercó aún más, su mano tomó mi brazo, y quise alejarme, pero el apretó su agarre con una fuerza qué me causó dolor, eso dejaría un moretón.

—Debarás vivir con Adler- Abrí mis ojos de más.

El sabía perfectamente que Adler odiaba todo lo qué tuviera qué ver con está familia, incluyéndome en el parquete. Era consiente de qué sería otro posible infierno, aúnque era mejor a seguir aquí viéndole todos los días, con él medio de qué quisiera tomarme nuevamente.

—Muy bien, cumpliré tus condiciones.

El asintió, pero no estaba del todo satisfecho, su mano se deslizó a mi cintura, sus ojos atentos a mi reacción.

—No lo hagas- Pedí. —Porfavor papá, no hagas esto, déjame ir....

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