El silencio que siguió a las palabras de Fabien no fue un vacío, sino una presión creciente, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar.
Madeleine no apartó la mirada. No podía. No después de lo que acababa de escuchar.
Había esperado crueldad. Arrogancia. Incluso violencia. Pero no… eso. No ese tipo de locura.
Sus dedos se tensaron contra sus propias manos, clavándose en la tela del vestido como si necesitara anclarse a algo real, algo firme, porque