Madeleine no debía estar allí. Lo sabía desde el momento en que cruzó la puerta de la discoteca. Las luces, la música, el ambiente cargado de energía… todo gritaba exceso, libertad, peligro. Y aun así, allí estaba. En Mónaco. En territorio enemigo. Juliette había insistido durante días. Se suponía que debían estar en Saint-Tropez, celebrando su graduación como correspondía: sol, playa, tranquilidad. Pero Juliette no había dejado de hablar de Mónaco y de Monte Carlo, de sus casinos, de su vida nocturna, de sus discotecas y de lo mucho que quería venir y conocer la ciudad. Y Madeleine había cedido. Ahora, mientras avanzaban entre la gente, solo esperaba que ni su madre ni su hermano llegaran a enterarse. Poner un pie en Mónaco no era solo una imprudencia. Era una prohibición. Observó el lugar con atención. Tenía que admitirlo: era impresionante. La música vibraba en cada rincón, las luces recorrían los cuerpos que se movían al ritmo, y el ambiente tenía algo adictivo. Se acerca
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