El despacho de la reina Evangeline estaba bañado por una luz suave que se filtraba a través de los ventanales altos, iluminando los tonos marfil y dorado del mobiliario con una sobriedad impecable. Nada en aquella habitación estaba fuera de lugar. Cada objeto, cada documento, cada detalle transmitía control.Evangeline permanecía sentada tras su escritorio, revisando unos documentos mientras Pam, su mejor amiga y secretaria de asuntos de Estado, le exponía en voz clara los últimos informes diplomáticos. La conversación fluía con precisión, sin distracciones, hasta que un golpe en la puerta interrumpió el ritmo.—Adelante.La puerta se abrió.No era una visita cualquiera.Entraron los dos Fabien: padre e hijo, y detrás de ellos, Angeline cerró la puerta con suavidad, su mirada curiosa recorriendo la escena antes de posarse en su madre.Evangeline alzó la vista, sorprendida, pero no incómoda. Una sonrisa elegante, medida, apareció en sus labios.—Vaya… —comentó con una ligera inclinació
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