La música se silenció en el preciso momento en que la mirada olivácea, intimidante y despiadada del príncipe se clavó en los ojos marrones y aterrados del hombre, antes de levantar la pistola y apuntarle directamente entre las cejas.
Todas las miradas se centraron en la disputa que se estaba llevando a cabo en el centro de la pista y, con una sonrisita divertida tirando de sus labios, Angeline se acercó a ellos, poniéndose su mejor expresión de inocencia.
―Vamos, Fabien, déjate de tonterías y