Con una calma imposible, como si tan solo unos instantes antes no acabara de sacar al monstruo de su interior, Fabien se pasó el dorso de la mano por la frente, secándose una gota de sudor, y volvió a sentarse en su silla, cruzando una pierna sobre la otra con toda la elegancia del mundo mientras el prisionero se vomitaba encima y se ahogaba con su propia respiración agitada y con sus propias arcadas.
Fabien esperó durante unos minutos hasta que el hombre se calmó y se recompuso. Sus ojos lo