La mañana después del ataque psicológico no amaneció tranquila.
La casa se sentía rara, casi tensa, como si las paredes entendieran que algo estaba a punto de romperse. Julian había pasado la mayor parte de la noche despierto, acunando a Damian y revisando el perímetro de la casa sin hacer ruido para no despertar a Kira. Pero el verdadero peso del día recién empezaba: Marcus lo había llamado a las siete de la mañana, con esa voz grave y controlada que solo usaba cuando la situación era demasiado seria para rodeos.
“Encontré algo”, había dicho.
Y eso fue suficiente para que Julian supiera que el mundo iba a moverse otra vez.
Ahora Marcus estaba sentado en el despacho principal de la casa, un cuarto amplio, de madera oscura, con la luz entrando desde los ventanales como una línea delgada atravesando el aire. No había caos, ni papeles regados, ni tazas de café abandonadas, aunque llevaba horas ahí. Marcus nunca dejaba evidencia del cansancio. Para él, el agotamiento era un lujo que solo