Cuando acabaron, la fiscal apagó la grabadora y suavizó un poco el tono.
—Quiero que entiendan algo —dijo—. Ustedes no son responsables de lo que Richard hizo, ni de los bastardos que dejó regados, ni de los enfermos de poder que se alimentaron de su nombre. Pero sí son quienes han tenido el valor de poner luz donde muchos preferían dejar oscuridad.
Eso tiene un costo.
Pero también tiene un final.
Julian la miró con una mezcla rara de gratitud y cansancio.
—Solo quiero poder decirle a mi hijo, algún día, que hicimos lo correcto —respondió—. Y que no tuvimos que escondernos bajo la cama para vivir en paz.
—Si todo sale como tiene que salir —dijo ella—, ese día va a llegar antes de lo que creen.
Los dejaron ir.
A la salida, Marcus y Julian caminaron en silencio unos metros, rodeados del ruido de la ciudad, el tráfico, la vida de otros que no tenían idea de la guerra invisible que se estaba desarmando en ese momento.
—¿Lo sientes? —preguntó Marcus, de pronto.
—¿Qué cosa?
—El peso —respon