El consultorio olía a desinfectante suave y café viejo. Esa combinación típica de los hospitales privados donde todo parece controlado, pero ninguna de las personas que entra lo está realmente. Kira estaba sentada en la camilla, con la bata azul clara abrochada a medias sobre el vientre redondeado, los pies colgando, una mano sobre el tejido delgado, la otra apretada alrededor del borde del colchón acolchado. No temblaba por fuera, pero por dentro sentía como si todo su cuerpo vibrara a un ritmo errático que nada tenía que ver con los latidos de la bebé.
Julian estaba de pie a su lado, demasiado cerca como para no tocarla, demasiado consciente como para hacerlo sin pedir permiso. Tenía una mano sobre la baranda metálica de la camilla y la otra cerrada en un puño dentro del bolsillo de la chamarra. Su mirada iba del monitor apagado a la puerta, de la puerta a Kira, y de Kira a su propia respiración, como si necesitara confirmar a cada segundo que nada se le estaba descontrolando otra v