Kira cerró los ojos.
No era la misma sensación que la primera vez con Damian.
Había más cansancio, más conciencia del riesgo, pero también más experiencia, más confianza.
El amor no la golpeó como un rayo.
La envolvió como una manta caliente.
Julian miraba la escena como si le estuvieran enseñando el significado de la palabra “milagro” en vivo. Se acercó por detrás de Kira, la abrazó con cuidado, apoyó la frente en su sien.
—Gracias —susurró—. Por traerla. Por quedarte. Por no soltarme cuando yo casi me suelto.
Ella no dijo “de nada”.
Solo apoyó la cabeza en el pecho de él, mientras Larisa mamaba con una fuerza que parecía desmentir todos los miedos.
—Prométeme algo —pidió Kira, después de unos minutos de silencio.
—Lo que quieras.
—Si alguna vez vuelves a priorizar algo por encima de este cuarto, de estos niños, de esta… familia —dijo despacio—, quiero que recuerdes este momento. Este sonido. Su respiración. La tuya. La mía. Y que se te caiga el mundo encima si hace falta.
Julian tra