Julian se quedó de pie frente a ella, sin saber si sentarse al lado, a un lado, enfrente, si hablar o callarse. Finalmente optó por algo sencillo: fue a la cocina, sirvió un vaso de agua fresca, regresó y se lo ofreció sin decir nada.
Ella abrió los ojos, lo tomó, bebió un poco… y al hacerlo, las manos le temblaron apenas. Lo suficiente para que él lo notara.
—Julian —dijo, después de un largo silencio, con la voz ya baja, no tensa, solo cansada—. No puedo volver a vivir así.
Él la miró, sintie