El día que Larisa nació no fue un día perfecto.
Fue mejor: fue humano.
El cielo sobre Nueva York amaneció de un gris suave, sin lluvia, sin sol pleno, como si el clima también estuviera conteniendo la respiración. La casa olía a café, a pan tostado y a nervios. Kira estaba sentada en la mesa, con las manos sobre el vientre enormemente redondeado, mientras Luka daba vueltas alrededor de la silla con una mochila que no necesitaba pero que se empeñaba en llevar “por si acaso”.
Damian, en su sillit