El día en que todo empezó a aclararse no tuvo fuegos artificiales ni sirenas dramáticas. Empezó con algo tan simple como una taza de café mal hecho en la cocina de la casa nueva.
Julian estaba apoyado en la barra, con la camisa remangada y el cabello todavía húmedo de la ducha. La cafetera goteaba con pereza. En la sala, Damian balbuceaba delante de un peluche, decidido a comérselo a mordidas de encía. Luka dibujaba planetas en una hoja, recostado en la alfombra. Kira, con una mano en la espalda y la otra en el vientre, revisaba la lista mental de cosas que aún faltaban por acomodar.
Era una mañana normal.
Y justo eso la volvía preciosa.
El teléfono de Julian vibró sobre la barra.
Una vez.
Dos.
Tres.
No era la vibración corta de un mensaje, ni el tono especial que tenía para Kira. Era el patrón denso de Marcus: insistente, cortante, urgente sin sonar desesperado.
Julian cerró los ojos un segundo, como si necesitara ajustar el alma antes de agarrar el aparato.
—Voy a contestar afuera —