Luego de lo que sucedió en el despacho, no quise seguir viéndole la cara a Alessandro. Yo no le importo y ya me estoy empezando a resignar a que mi final será morir en quién sabe qué lugar.
—¿Puedo pasar? —Ay, Dios, y yo queriéndolo lejos.
—¿Qué quieres, Alessandro?
—He sido un poco cruel contigo y quisiera disculparme por eso. —Vaya, eso sí era una sorpresa.
—Serviría más si me dejaras ir —suelto, suspiro y miro hacia la ventana—. Siempre fui un alma libre; aquí me siento prisionera y poco pro