Un mes después
Estábamos de regreso en el hogar de Alessandro, que según él también es mío, pero yo no lo siento de esa forma. Desde ese día en que fue mi padre a Milán, no quise saber más de él, a pesar de que intentó comunicarse conmigo.
—¿Por qué tan pensativa? —mi amiga Anto entra fresca como una lechuga. Parece feliz, y bueno, me alegra que al menos una de las dos esté bien.
—No es nada, Anto.
—Vamos, te conozco. ¿Qué ocurre?
—Quiero hacer algo —suelto un suspiro largo—. Estoy cansada de e