Escuchar la dulce voz de la niña hizo que algo en mí se ablandara por completo. Su rostro cálido y sus ojos celestes hacían que me derritiera por la ternura que emanaba de ella.
—Cariño, ve con los otros niños. Ahora voy contigo —el tono de voz de mi esposa había cambiado por completo; su voz era dulce y tierna.
—Sí —la niña se va y los ojos de mi esposa quedan clavados en ella hasta que la pierde de vista. Su mirada se gira y, al verme, parece que me estuviera clavando un puñal—. ¿Qué haces aq