Al fin lograba sentir un poco de libertad al estar caminando por las calles de Milán. Lo único malo era que teníamos dos hombres siguiéndonos a todos lados.
—Odio tener a estos dos detrás de nosotras —Antonina mira hacia atrás y le guiña el ojo a uno de ellos.
—¡Antonina! —Este se ríe—. Eres una coqueta.
—Amiga, solo disfruto de la vista. Mejor concentrémonos y vamos a gastar dinero a lo que dé.
Tienda por tienda empezamos a ser asqueadas, Antonina y yo. Creo que la tarjeta ya empezó a calentar