ALESSANDRO RIZZO
No paraba de ver a la mujer que tenía al lado. Estaba preciosa; ese vestido hacía que su cuerpo resaltara aún más. No puedo negarlo: la señorita Santoro es una obra de arte.
—¿Puedes dejar de verme? —habló molesta—. Parece que me fueras a acabar con la mirada... ¿O prefieres una foto?
No sé por qué, pero su altanería me estaba empezando a gustar.
—Solo quería admirarte un poco más. Te queda muy bien ese vestido.
—Más te vale que me dejes hablar con mi padre o tendrás serios pro