Con los brazos cruzados, impaciente y girando sobre sí misma, Caterina observa la hora y cómo la luz dorada del sol tiñe de cobre las aguas cristalinas. Sigue parada como una estúpida frente a la estatua de Atenea, como le indicó el idiota de Matteo, y él, como siempre, no se ha dignado en llegar.
Matteo se acerca con paso lento, firme y decidido.
—Excelente, el señor al fin nos digna con su presencia. — Caterina, con la mirada fija en el horizonte, habla con tono firme.