El primer síntoma no fue visible.
Fue obediencia.
Risa no lo entendió de inmediato, pero lo sintió en la forma en que el aire dejó de oponerse a su respiración. El territorio incompleto —ese lugar que no pertenecía ni al mundo ni al vacío— había dejado de evaluarla. Ahora ajustaba su forma a ella.
Custodia lo notó antes que Risa.
No por los símbolos. No por las vibraciones.
Sino por el silencio.
—No te muevas —ordenó.
Risa obedeció sin pensar. Y en ese acto simple comprendió algo inquietante: no había obedecido por miedo, sino porque la instrucción tenía sentido, como si hubiera sido pensada para ella.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Custodia no respondió de inmediato. Se arrodilló.
No como súplica.
Como reconocimiento técnico.
—El territorio te ha aceptado como punto de referencia —dijo—. Eso no ocurre con frecuencia. De hecho… no ocurre desde antes de la ruptura.
Risa sintió un peso nuevo asentarse detrás del esternón.
—No quiero ser referencia de nada.
—Eso es irrelevante —contestó