El primer síntoma no fue visible.
Fue obediencia.
Risa no lo entendió de inmediato, pero lo sintió en la forma en que el aire dejó de oponerse a su respiración. El territorio incompleto —ese lugar que no pertenecía ni al mundo ni al vacío— había dejado de evaluarla. Ahora ajustaba su forma a ella.
Custodia lo notó antes que Risa.
No por los símbolos. No por las vibraciones.
Sino por el silencio.
—No te muevas —ordenó.
Risa obedeció sin pensar. Y en ese acto simple comprendió algo inquietante: n