El tiempo no olvida.
Pero sí aprende a soltar.
Al principio, los nombres pesan.
Son repetidos en cada conversación, grabados en paredes, pronunciados como si al decirlos se pudiera mantener intacto lo que alguna vez ocurrió.
Pero el tiempo no funciona así.
Con el paso de los años, incluso los nombres más grandes comienzan a cambiar de lugar.
Dejan de ser el centro.
Se convierten en parte del paisaje.
Y eso no es pérdida.
Es evolución.
Risa lo comprendió una mañana mientras caminaba por el antig