El verano llegó lentamente.
La ciudad cambió de ritmo.
Las calles se llenaron de mercados al aire libre, músicos improvisados y discusiones que ya no tenían que ver con guerras ni colapsos, sino con rutas comerciales, escuelas nuevas y festivales.
Risa caminaba por el borde del río cuando vio algo curioso.
Un grupo de niños corría detrás de un muchacho que intentaba contar una historia.
—¡No, no, así no pasó! —protestaba uno de los niños.
—¡Claro que sí! —respondía el narrador—. ¡El Verdugo era