Hubo una época en la que el silencio del mundo pertenecía al miedo.
Callaban las ciudades porque temían hablar.
Callaban los pueblos porque temían elegir.
Callaban los hombres porque sabían que alguien más decidiría por ellos.
Ese silencio era pesado, tenso, vigilado.
Pero el silencio que ahora recorría la ciudad era diferente.
Era el silencio de la reflexión.
De la pausa.
De la gente que piensa antes de actuar.
Y eso, para quienes habían visto el mundo arder, era casi un milagro.
Risa lo perci