No sabía que el silencio podía doler más que los gritos.
Pero ahí estaba yo, caminando por el borde del bosque, sola, con el teléfono apagado y la adrenalina todavía bombeando en mis venas como si estuviera huyendo de algo invisible.
O peor: de algo que sabía exactamente dónde encontrarme.
Después del mensaje, después de la mirada de Kael, después de su ultimátum velado… mi cuerpo actuó por instinto. Me alejé. Me protegí. Porque si había algo que la vida ya me había enseñado era que confiar era