El reloj del despacho marcaba las nueve de la mañana. La luz gris del cielo filtrada por las ventanas altas apenas iluminaba los muebles oscuros. Ian estaba allí desde temprano, con las mangas de la camisa remangadas y el ceño fruncido sobre los documentos que su padre había dejado atrás. Llevaba días sumergido en papeles, asegurándose de entender cada detalle de las operaciones que ahora caían en sus hombros. No pensaba delegar nada. Richard podía esperar, y si tenía intenciones de tomar lo