El sonido de los pasos era distinto. Más pausado, más pesado, como si cada movimiento estuviera medido. Leonor fue la primera en notarlo desde la cocina. Evaristo cruzó el vestíbulo con el ceño ligeramente fruncido, y Silvano, de brazos cruzados, parecía aún más incómodo que de costumbre.
—Hay visita —murmuró Leonor al pasar junto a Emma, que hojeaba un libro sin leerlo realmente—. Pero no cualquier visita.
Emma alzó la vista.
—¿Quién?
Leonor no respondió de inmediato. Solo la miró co