Javier
Víctor estaba apoyado contra la pared, fuera de la puerta del dormitorio, con una sonrisa abierta cuando salí al pasillo.
—¿Ya arropaste bien a tu amorcito? —canturreó.
—Cierra la puta boca.
Alzó las manos como si le hubiera sacado un arma.
—Tranquilo, don De León. Solo digo que Miguel pasó por aquí como alma que lleva el diablo. Nunca lo había visto tan alterado.
Entrecerré los ojos.
—Si queremos que la gente crea que Raquel es mi esposa, entonces todo el mundo lo cree. Sin excepciones.