Raquel
En el momento en que la silueta apareció en el marco de la puerta al final de la escalera, mi corazón se hundió.
—No pongas esa cara de mierda —me regañó Juan mientras bajaba con paso despreocupado—. Tu prometido ha venido a buscarte por fin. Te vas a casa.
No tenía idea de adónde planeaba llevarme Juan, pero no sería casa. Y desde luego, él no era mi prometido.
—No voy a ir a ningún lado contigo —escupí con todo el veneno que pude reunir, aunque era difícil sonar dura con las manos toda