Javier
—¿Te ayudó la ducha fría? —preguntó Víctor.
Estaba sentado en mi despacho, con los pies apoyados sin pudor sobre la mesa de centro y esa sonrisa de imbécil satisfecho que solo podía significar una cosa: sabía perfectamente qué había estado haciendo yo arriba.
—Sería fantástico que, por una vez en tu maldita vida, te comportaras como un profesional.
—¿Te refieres a fingir de verdad? ¿O a fingir como tú cuando “finges” que te vas a casar con Raquel? Porque lo primero creo que lo puedo mane