Raquel
Juan no sabía callarse. Era incapaz. Así que hice lo único que podía hacer: dejar de escucharlo.
Mientras enumeraba, una tras otra, todas las razones por las que yo no era adecuada para estar con Javier, me puse a contar las piedras del muro sucio frente a mí. Y mientras seguía parloteando, retorcí las muñecas contra las ataduras hasta que estuve a punto de gritar de dolor. Habría preferido arrancarme las manos a base de fricción antes que pasar un segundo más en la misma habitación que