Cuando el amanecer llegó, desperté sola. Era más que obvio: él no podía quedarse a mi lado. Y aunque lo entiendo, no deja de dolerme. Me levanto de la cama y entro de inmediato a la ducha; al sentir el agua caer sobre mi cuerpo, los recuerdos de anoche me invaden sin piedad.
—¡Para con esto! —me digo a mí misma—. Lo que sucedió anoche no volverá a pasar, y mucho menos bajo este techo.
Respiro con alivio al saber que Larry no estuvo en la mansión.
Salí de la ducha envuelta en una toalla grande,