Cuando el amanecer llegó, desperté sola. Era más que obvio: él no podía quedarse a mi lado. Y aunque lo entiendo, no deja de dolerme. Me levanto de la cama y entro de inmediato a la ducha; al sentir el agua caer sobre mi cuerpo, los recuerdos de anoche me invaden sin piedad.
—¡Para con esto! —me digo a mí misma—. Lo que sucedió anoche no volverá a pasar, y mucho menos bajo este techo.
Respiro con alivio al saber que Larry no estuvo en la mansión.
Salí de la ducha envuelta en una toalla grande, el vapor aun flotando en el baño como una niebla que no quería disiparse. Me sentía limpia por fuera, pero por dentro seguía cargando el peso de la noche anterior. Me miré en el espejo empañado, pasé la mano para borrar un círculo y vi mis ojos: cansados, pero decididos.
—Ya basta —me repetí—. Se acabó.
Abrí la puerta del baño y avancé hacia el vestidor, pensando en qué ponerme para salir rápido de esa casa que ya no sentía mía. Entonces lo vi.
Larry estaba allí, me miró con esa media sonrisa su