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Algunas llamas fueron encendidas por dioses y juran arder hasta que el universo mismo se apague. La biblioteca olía a desesperación y pergamino quemado. Lydia había pasado tres días sin dormir, sus ojos enrojecidos recorriendo manuscritos que amenazaban con desintegrarse bajo sus dedos. Cuatro frascos descansaban sobre la mesa de roble—piedra lunar brillando con luz enfermiza, corazón preservado latiendo débilmente, semilla negra pulsando con vi

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