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Los muertos tenían nombres.

Eso era lo primero que Seraphine había aprendido en aquellos días extraños que siguieron a la batalla: que los muertos tenían nombres, y que los nombres importaban más que cualquier cifra. Cuatrocientos cincuenta guerreros. El número cabía en una sola oración. Los nombres, en cambio, requerían semanas de pronunciación cuidadosa, de repetición silenciosa antes de dormir, de ap

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