El amanecer en Luna Eterna llegó con una calma inusual. El castillo parecía respirar en calma tras el estruendo de la noche pasada. Los pasillos tenían un olor a vino derramado y flores marchitas; los músicos se encontraban durmiendo entre sus instrumentos, mientras que los sirvientes limpiaban las sobras de una fiesta que perduraría en la memoria.
Sin embargo, no todos encontraron tranquilidad.
Aria observaba el horizonte desde una de las terrazas más altas. El primer rayo de sol tocó las