EL ALBA QUE NUNCA SE APAGA

El campo de batalla estuvo en silencio durante unos segundos y luego se escuchó un grito de victoria, que se propagó por todo Luna Eterna como un torrente de alegría, desde la muralla blanca hasta las calles más internas de la urbe, desde los marchitos campos periféricos hasta las altas torres del castillo real. En la escena solo quedaba el rumor del viento entre los cuerpos de las criaturas oscuras —seres de ojos rojos y piel negra—, que yacían inertes, desapareciendo paulatinamente en polvo de sombra bajo la luz de una luna llena que brillaba clara y sin nubes.

Aria, quedó erguida en medio de sus amigos. Con los ojos húmedos, observó a su alrededor. Su cuerpo estaba fatigado, cada músculo le dolía y la magia dorada que había recorrido sus venas durante el combate todavía vibraba en su interior como un fuego cálido pero apagado.

Los supervivientes se abalanzaban los unos sobre los otros: guardianes con armaduras ensangrentadas y cubiertas de polvo, licántropos que estaban todavía e
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