EL ALBA QUE NUNCA SE APAGA

El campo de batalla estuvo en silencio durante unos segundos y luego se escuchó un grito de victoria, que se propagó por todo Luna Eterna como un torrente de alegría, desde la muralla blanca hasta las calles más internas de la urbe, desde los marchitos campos periféricos hasta las altas torres del castillo real. En la escena solo quedaba el rumor del viento entre los cuerpos de las criaturas oscuras —seres de ojos rojos y piel negra—, que yacían inertes, desapareciendo paulatinamente en polvo
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