La noche previa fue callada y extensa. Los corredores del castillo se inundaban con el eco de voces y pasos que iban y venían, alistando cada espacio para el gran acontecimiento. Los consejeros, los soldados y los sirvientes laboraban sin cesar bajo las instrucciones de la reina y el rey. Las antorchas recién encendidas formaban caminos dorados entre las flores plateadas del invierno en los jardines; el aire frío del norte arrastraba la fragancia del rocío y la magia de un reino que finalmente