Los copos de nieve que el viento arrastraba por las cumbres de las Montañas de Lunarys desaparecían antes de llegar al suelo donde Aria estaba arrodillada, en la gladea. El aire estaba tan frío que podía congelar los pulmones, pero ella no sentía nada, excepto el latido conjunto de su corazón y el de Nyra, la otra parte licantropa de sí misma, que resonaba en su pecho como un tambor. Era la última fase de su entrenamiento, el instante que había alcanzado tras meses de padecimiento, de batallas contra sus propios temores y de perseguir la armonía entre dos almas que han estado juntas desde el nacimiento.
—Estamos listas—, dijo Nyra en su mente, su voz profunda y rugiente, pero llena de una calma que Aria no había escuchado nunca antes.
Sin alzar la cabeza, Aria asintió. Cerró los ojos y dejó que la energía recorriera sus venas: un calor dorado que se extendía desde su centro hasta las puntas de sus pies y dedos. El cambio empezó con un cosquilleo que se volvió un dolor intenso, aun