El aire en el Santuario de Lunarys vibraba con una energía antigua, una sinfonía callada de poder y misterio. Sin embargo, Aria se sentía desconectada de aquel equilibrio. Su mente, como un disco rayado, se repetía la visión de Lyanna: su cara distorsionada por la Sombra, sus ojos transformados en pozos oscuros. Era una visión que la acosaba, un recurrente mal sueño que se negaba a desvanecerse con el amanecer. Lyanna, envenenada por el odio, había entregado su vida a la Sombra. Su mente se neg