—No voy a salvarlo.
Aryanna lo dijo con la llave de su casa clavada en la palma.
Bruno seguía en la puerta del despacho de Silvain, con el teléfono en la mano y el rostro más tenso de lo habitual. Teresa estaba junto al escritorio, pálida, agotada, con una mano sobre la carpeta donde Paula había guardado los restos del contrato. Emilia no soltaba a Aryanna. Céline miraba los pedazos de papel como si acabara de presenciar un entierro mal hecho.
Nadie respondió de inmediato.
La frase necesitó espa