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—No me metan en una camilla como si fuera un paquete.

Emilia se detuvo en la entrada de la clínica con los brazos cruzados bajo la chaqueta de Matías.

La fachada era discreta, de dos pisos, con una luz blanca sobre la puerta y un pequeño jardín lateral que olía a tierra mojada. No había mármol. No había guardias con trajes oscuros. No había apellido Beaumont en ninguna placa.

Aun así, Emilia miraba la puerta como si fuera otra cerradura.

Teresa estaba a su lado, agotada, con los ojos hinchados d
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