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—No.

Aryanna no sabía a quién le contestaba.

A Emilia.

A Silvain.

A la puerta abierta.

A esa frase que acababa de cruzar el pasillo de la clínica como una piedra lanzada desde el cuarto donde su hermana intentaba aprender a respirar fuera de La Viña.

Dile al señor Beaumont que si de verdad va a esperar afuera, empiece por devolvernos la casa.

Silvain no se movió.

Seguía bajo la luz fría de la entrada, con las manos vacías, la ceja partida y el cansancio dibujándole sombras nuevas en el rostro. N
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