—Abra esa puerta ahora.
Aryanna no gritó.
No le hizo falta.
La llave azul le temblaba entre los dedos vendados, pequeña, vieja, absurda. Una cosa tan mínima para cargar con un muerto, una casa entera y la posibilidad de que su padre hubiera dejado algo allí antes de morir.
Laurent no se movió.
Silvain sí.
Se acercó un paso, pero no lo suficiente para tocarla. Aryanna lo notó con una rabia amarga. Ahora medía la distancia. Ahora calculaba sus manos. Ahora parecía recordar que ella no era una habi