El salón resplandecía bajo las luces doradas que pendían del techo como gotas de sol congeladas. Isabella se movía entre los invitados con la gracia ensayada de quien ha crecido en estos círculos, aunque cada sonrisa que ofrecía le costaba un esfuerzo sobrehumano. Su vestido negro se deslizaba como tinta líquida sobre su piel, y el discreto collar de diamantes que León había insistido en que usara —"para mantener las apariencias", había dicho— pesaba como un grillete en su cuello.
Desde el otro